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PAULITA PIKE TENNENT

NARRACIÓN DEL MILAGRO QUE MONSEÑOR ROMERO OBRÓ EN MÍ

Hoy, 6 de septiembre de 2010, fui convocada al Arzobispado de San Salvador para dar el primer testimonio del milagro que Monseñor Romero obró en mí el día 25 de mayo de este año.

Tuve audiencia con Monseñor Rafael Urrútia quien preside el Proceso de Canonización de Monseñor Romero. (OJO: NO confundirlo con Monseñor Ricardo Urioste, Presidente de la Fundación Monseñor Romero y quien fue Vicario de Monseñor Romero).

Tras escuchar mi narración verbal, Mons.Urrutia me pidió hacerlo por escrito, cosa que me dispongo a comenzar hoy, 4 de noviembre, 2 meses tras nuestro encuentro en el Arzobispado.

He tomado mi tiempo para reflexionarlo bien. He tomado mi tiempo para ponerme en presencia de Dios y permitir que él me vaya iluminando el camino.

Hoy siento que estoy lista para detallar por escrito el proceso médico que empezó el 15 de febrero del año en curso y terminó el 25 de mayo con la cirugía que se me practicó.

El proceso espiritual ni empezó el 15 de febrero- sino mucho antes-  ni terminó el 25 de mayo. Más bien, está cada vez más fuerte y durará lo que dure mi vida.

Cada 2 años, por razones de genética, mi gastroenterólogo, el Dr. Carlos Honorato Villacorta, me practica una endoscopía con colonoscopía en su consulta dentro del Hospital de la Mujer. Mi cita más reciente fue el 15 de febrero de 2010.

Desde el día anterior, me preparé para dichos procedimientos siguiendo las instrucciones del médico, de tal manera que mi sistema digestivo quedara vacío y limpio.

Al día siguiente, llegué sola. Siempre me he sentido a gusto con mi médico a quien considero un excelente profesional, aparte de ser amigo. Tras ponerme la bata, Mercedes, la técnico, a quien también conozco por las veces que me ha atendido, me inyectó el sedante y apenas me di cuenta de nada hasta que terminó el Dr. Villacorta.

Al finalizar el procedimiento, esperé unos minutos a que me pasaran los efectos del sedante antes de vestirme. Seguía “groggy” cuando el Dr. Villacorta me pasó de nuevo a la oficina y puso el video de la endoscopía/colonoscopía  que pude ver en una pantalla grande que tiene sobre su escritorio. La colonoscopía salió bien, pero en la endoscopía el Dr. me señaló un pequeño tumor que encontró en el estómago. Me explicó que se trataba de un tumor estomacal, adherido a la mucosa y ubicado en la boca del estómago. 

En esos momentos, no le entendí del todo, pero si lo suficiente para hacer varias preguntas:

Si parecía maligno. R// No lo parecía porque era duro al tactoSi se tenía que extirpar. R// Si.¿Por láser? R// Aun no podía determinar si laparascópicamente o una cirugía más invasiva.¿Siguiente paso? R// Varias posibilidades, entre ellas, hacerme una ultrasonido en EEUU (en Centroamérica no hay equipos con las características requeridas), más exámenes en El Salvador, consultas con otros especialistas.

  1. ¿Qué tan urgente era la cirugía? R// No era urgente, pero tampoco podíamos dejar pasar mucho tiempo.

Mi preocupación en ese momento era la proximidad del XXX aniversario de Monseñor Romero,  y, como miembro de la FUNDACIÓN MONSEÑOR ROMERO, estaba consciente de  las múltiples responsabilidades adquiridas para tal fecha. Teníamos programados muchos actos y  muchas actividades en las que íbamos a estar involucrados intensamente, aunque para esas fechas,  ya teníamos meses de estar trabajando en el programa.

 Además, teníamos que estar listos para recibir y atender a cualquier cantidad de los miles de seguidores que Monseñor Romero tiene en todo el mundo, y que estarían buscando nuestra ayuda o apoyo en esas fechas claves. 

Teníamos muchísimo trabajo y no era el mejor momento para estarse operando:

Gracias a Dios, el Dr. Villacorta estuvo de acuerdo en dejar la cirugía para una fecha posterior al aniversario. Además, necesitaba un tiempo prudencial para decidir los pasos que íbamos a seguir. Me pidió indagar sobre la posibilidad de hacerme la ultra en EEUU.

Me despedí, sintiéndome algo confundida por lo que acababa de oír. Tenía montón de preguntas y dudas, pero también entendí que tenía que armarme de paciencia, pues solo el tiempo se encargaría de contestármelas. Al subirme al carro, iba con la oración en los labios, pidiéndoles a Dios y a Monseñor me fortalecieran para lo que me esperaba.

Esa noche, le hablé a mi hija única, (también Paulita) abogado residente en Chicago para contarle lo acontecido.  Sé que la noticia en sí le consternó, pero aún más por estar tan lejos y sabiendo que yo estaba básicamente sola en San Salvador. Inmediatamente ofreció venirme a cuidar para cuando se decidiera la fecha de la cirugía, cosa que le agradecí en el alma, sintiéndome menos sola desde ese momento. Pero cuando le comenté que el Dr. Villacorta estaba considerando que me hiciera un ultrasonido muy sofisticado en los EEUU, su respuesta fue predecible: “Mami, si se viene a hacer la ultra a Chicago, no tiene sentido que se regrese a operar a San Salvador. De un solo se opera aquí y la cuidamos en casa. Ya le voy a hacer cita con mi especialista” 

Para mientras, mi hija me instó en acelerar el viaje que tenía planeado mi mamá a Vigo, España, donde iba a pasar unos meses en casa de mi hermana. Esto me venía muy bien, ya que, de haber permanecido aquí mi venerable madre- ahora de 91 años- sus nervios hubieran acabado afectándome  de forma negativa. 

Acordamos que, por el momento, tampoco le diríamos nada respecto el tumor a mi mamá.

Sin más que hablar ni decidir por el momento, asumí el tumor, asumí la cirugía y asumí mi responsabilidad ante el inminente aniversario de nuestro profeta y mártir, Monseñor Romero.  

Celebramos el XXX aniversario por todo lo alto. Dentro de la Fundación Monseñor Romero, nos sentimos muy felices con el resultado maravilloso de este importante evento-comenzando por el cabildeo que hicimos en la Asamblea para que se nombrara el 24 de marzo de cada año el “Día Nacional de Monseñor Oscar Romero”, pasando por el apoyo que nos brindaron el Presidente Mauricio Funes y la Primera Dama, la Dra. Pignato -así como otras instancias del gobierno- y concluyendo con la participación masiva de  seguidores salvadoreños y extranjeros de Mons. Romero.

En el transcurso de ese mes, decidí comentarle a mi mamá lo del tumor, la cirugía, la venida de mi hija, y el viaje de ella a España. Como era de suponer, se puso muy nerviosa. No sabía realmente qué decirme aparte de que iba a rezar por mi y su línea clásica: “No se preocupe, Baby. Todo va a salir bien.” También me preguntó varias veces que ¿cómo me sentía yo?

He de decir que, desde el momento en que lo supe, aparte de las dudas y cierta (poca) ansiedad, mi actitud fue de aceptación. ¿Qué le iba a hacer? Además, estaba en manos de Dios, y él dispondría. Al verme así, varias veces me dijo: “Que valiente es Ud. Yo no estaría así de tranquila”.

Al terminar los festejos conmemorativos y la Semana Santa, el Dr. Villacorta y yo hablamos de nuevo.

En el ínterim, él había consultado con algunos colegas gastroenterólogos y cirujanos, y en base a ello, decidió que el siguiente paso iba a ser una segunda endoscopía en colaboración con el médico cirujano, Majayín Comandari.

Sería siempre en su consultorio y fijamos como fecha el  30 de abril.

El preparativo para la endoscopía es mucho más amable que para la colonoscopía y llegué tranquila, y en ayunas al hospital. En la consulta, me encontré, amén del Dr. Villacorta, de nuevo con la cara amiga de Mercedes. Allí conocí al Dr. Comandari que emanaba una auto-confianza inspiradora y simpatía contagiosa. Me encomendé a Dios y Monseñor Romero, y me inyectaron el sedante.

Ambos médicos hicieron la 2ª endoscopía. Al finalizarla, el Dr. Comandari me reiteró los datos que originalmente me dio el Dr. Villacorta respecto la existencia del tumor, su ubicación, el tamaño y características.

Tras esta 2ª endoscopía, a ninguno de los médicos les pareció necesario hacerme el ultrasonido en los EEUU. Tenían la información que necesitaban para poder operar. Ni decir lo feliz que me hizo esta noticia, pues repito, me quería operar en San Salvador y no en Chicago.

Lo único que me pidieron fue que me hiciera un TAC con contraste, cosa que hice en el momento, aprovechando que estaba en ayunas y que el laboratorio de radiología estaba en la 1ª planta del Hospital de la Mujer.

Ese mismo día, el 30 de abril, fijamos la cirugía para el martes, 25 de mayo, fecha que habíamos escogido con mi hija, en función de sus responsabilidades del bufete, de madre, de esposa y demás.

La siguiente semana, comienzos de mayo, tuve una cita individual con el que sería mi cirujano, el Dr. Majayín Comandari.  Fue en su clínica particular, el “Centro de Cirugía Ambulatoria”, sobre la Calle Cuscatlán, a 3 cuadras del Hospital de la Mujer, y sirvió para explicarme el procedimiento que seguiría para extirpar el tumor y contestar las preguntas que yo  pudiera tener.

El entusiasmo contagioso y su gran auto-estima que había sentido la primera vez que le conocí en la oficina del Dr. Villacorta el 30 de abril, no fueron caprichos de ese día. Más bien, me di cuenta que formaban parte de su personalidad, características que un paciente agradece en su médico.

Abrió un libro grande con ilustraciones del aparato digestivo que usó para ir señalando cómo, y por donde, iba a desarrollar la cirugía.

Empezaría con la laparoscopía para desprender el tumor de la mucosa estomacal. Luego procedería a hacerme una incisión, empezando a la altura del ombligo y terminando en la boca del estómago, justo debajo del esófago. Esto le permitiría extirpar el tumor con sus manos, examinar de cerca el tejido alrededor del mismo, cortar algo si hiciera faltar y hacer una resección del estómago. Inmediatamente mandaría todo al laboratorio para que se practicara la biopsia, estimando que en 45 minutos tendría el resultado. Dependiendo de eso, seguiría con el plan de acción más apropiado.

Su advertencia más seria la guardó para el final: “Esta incisión no te va a molestar para nada comparada con la molestia de la sonda que te voy a dejar en la nariz para evitar que tu sistema digestivo trabaje unos 4 días después de la cirugía. Eso es siempre lo más molesto, pero es necesario.”

Calculaba que la operación tardaría unas 3 horas aproximadamente y que debía permanecer una semana en el hospital.

Le agradecí su franqueza, aunque a decir verdad, fueron palabras algo inquietantes pues me dibujó gráficamente todo el proceso quirúrgico así como el post.-operatorio.

Hoy si entendí la gravedad de mi cuadro clínico.

Mi hija, Paulita Alexandra, llegó de los EEUU el lunes 24 de mayo a las 2 PM. Temprano esa mañana, yo le hablé a mi gran amiga Romerista, Miriam Estupinián, para asegurarme que la Cripta estaría abierta esa tarde. Le pedí que llamara a Monseñor Urioste para que fuera él quien hablara a las oficinas de Catedral, pidiendo, si fuera necesario, que abrieran la Cripta por la tarde, pues iba a llegar con mi hija a rezar ante la tumba de Monseñor Romero. Yo nunca había estado con mi hija en la Cripta, y no me cabía en la cabeza la posibilidad de que esa no fuera nuestra primera parada tras recogerla en Comalapa. Necesitaba rezar con ella ante el mausoleo precioso de Monseñor Romero.

Sabiendo que los horarios de la Cripta eran irregulares o limitados, la llamada de Monseñor Urioste se volvió imperativa para asegurarme esa oportunidad. Tanto Miriam como Monseñor Urioste cumplieron con mi petición.

Al no más recoger a mi hija en el aeropuerto de Comalapa, nos fuimos directamente a la Cripta de Catedral. Mientras iba manejando, pensaba:¡Qué alegría que vamos juntas a ese lugar sagrado! Estaba muy emocionada, más aún cuando vi que el portón de la entrada  estaba abierto.

Me parqueé en el sitio de siempre, bajo una palmera en el parqueo lateral de Catedral, y D. Nelson me dio el ticket para pagar a la salida.

Saludé a mis amigos, D. Carlos y la Niña Paula, dueños de una de las 2 ventecitas que hay en el parqueo, y les presenté, con mucho orgullo, a mi hija.

Con un poco de palpitaciones en mi corazón, entramos por la verja que da a la Cripta y bajamos a media luz. Rodeamos el altar y de pronto ¡allí estábamos! Ante Monseñor Romero. Yo sentía una mezcla de emociones: felicidad de estar allí con mi única y adorada hija, ansiedad por la cirugía del día siguiente, y en general, un poco aturdida por los eventos.

Dimos la vuelta al mausoleo mientras le iba explicando la simbología y leyendo algunas de las tarjetas y testimonios que se encontraban encima del mausoleo.  De mi bolso saqué la tarjeta de Monseñor Romero que lleva la oración para la devoción privada al dorso, y juntas la rezamos al pie de la tumba. El favor que pedimos fue que saliera bien de la cirugía, que fuera benigno el tumor, o mejor aún, que hubiera desaparecido.

Yo le he rezado a Monseñor Romero desde el 24 de marzo de 1980. Todos los días a cualquier hora, y para cualquier  cosa. Le tengo una fe inamovible y estoy convencida que él nunca abandona a su Pueblo…y yo felizmente, soy parte de ese pueblo.

Nos quedamos meditando en el silencio de la penumbra, acompañadas por Monseñor Romero.

Había poca gente y mucha paz a las 4 de la tarde. La bulla de la calle y de los buses era el fondo de siempre, pero no alcanzan a perturbar la paz que rodea a nuestro querido y llorado pastor.

Pensé en mi cámara; no podía creer que la había dejado en casa, pues mi cámara es mi fiel acompañante y era la primera vez en toda mi vida que iba a la Cripta sin ella. Es más, en la tarjeta digital que tenía insertada, estaban todas las fotos que tenían que ver con el 24 de marzo. Además de estas, también estaban  las de febrero cuando, junto a  Monseñor Urioste, el Dr. Abraham Rodríguez, el Dr. Domingo Méndez y otros, cabildeábamos en la Asamblea Legislativa pidiendo los votos para la aprobación del Día Nacional de Monseñor Romero. Total, esa cámara guardaba un recorrido histórico,  religioso y espiritual de devoción a Monseñor Romero, pero ¡No la tenía ese lunes, 24 de mayo para plasmar mi primera visita en compañía de la Pau a la tumba de Monseñor! Increíble. 

Qué tristeza  quedarme sin la foto de ese día tan especial.

Mientras permanecíamos al pie de la tumba, se nos acercó un Sr. alto, canoso y con una polaroid, más vieja que yo, colgada al cuello. Me preguntó “si no gustan una foto a la par de la tumba…” ¡Claro que “gustamos”! ¡No me lo podía creer! Encima de aturdida, ahora estaba anonadada pues nunca, en las decenas de veces que había estado en la Cripta últimamente, había visto un fotógrafo-vendedor.

Solo habían pasado 2 meses desde la celebración del XXX aniversario. Yo había llegado infinidad de veces para los actos en los que yo participaba, ya fuera como parte de la Fundación Monseñor Romero, o individualmente,  llevando  invitados que querían conocer y rezar ante la tumba de Monseñor Romero. Creía conocer a toda la gente que permanecía cerca de la Cripta, a los y las vendedoras, a algunos miembros de las comunidades que pasaban mucho allí; por eso me extrañó de sobremanera ver por primera vez a este fotógrafo.

Le pregunté que desde cuando estaba llegando a la Cripta y me dijo que hacía un mes aproximadamente, pero “de volada”, que no era fijo. Siempre extrañada, le pregunté si tenía permiso de los sacristanes o del párroco, y contestó que realmente no, porque era poco lo que llegaba.

Negociamos 2 fotos por el precio de una, y así es como mi hija y yo tenemos los recuerdos gráficos de esa visita memorable para pedir la intercesión de Monseñor Romero en mi cirugía.

Esa noche, mi hija quería pupusas y la llevé a “La Única” en Antiguo Cuscatlán, cerca de la casa. Desde luego que yo ya había entrado al ayuno previo a la cirugía y no pude comer. Pero ella se dio gusto.

Luego nos fuimos a la casa, y como en los viejos tiempos, mí “gorda” se metió en la cama junto a mi y nos dormimos, yo tan contenta por tener esa compañía tierna a la par mía.

Amanecimos temprano el día siguiente, 25 de mayo, aunque sin prisas, porque no me esperaban en el Hospital hasta media mañana. Terminé de arreglar mi maletín y la mochila con mis libros, ipod y sudoku. Mis almohadas, sábanas y colcha iban en otra bolsa.

A todo esto, ya había arreglado con el seguro la autorización previa y los papeles estaban en orden.

Llegamos al Hospital de la Mujer.  Ruthestabaen recepción, y Carlos subió los bultos y maletas a la Habitación 49 que da al parqueo aunque, por estar en una esquina, está más resguardad que los otros cuartos en la misma fila. Lo primero que hice fue colgar pósters de Monseñor Romero detrás de la cabecera de mi cama. Venía bien preparada, hasta con “scotch”, para asegurarme que los iba a poder pegar.

Al poco tiempo, entraron las enfermeras para prepararme. Me quité la medalla viejita de Monseñor Romero que llevo hace años colgada de un cuero en la garganta y la dejé en la mesa de noche. A las 12 del mediodía las enfermeras me estaban sacando en camilla, camino del quirófano, acompañada siempre de mi hija adorada que me llevaba agarrada de la mano.

Nos despedimos en el pasillo que da a la sala de cirugía, habiendo rezado de nuevo. Quizás ambas estábamos un poco tristes, pero tratando de mantenernos fuertes,  dándonos ánimos mutuamente. Yo estaba tranquila.

Me entraron al quirófano. Ya me estaban esperando los Dres. Comandari y Ahues, mi anestesiólogo. El ambiente se sentía alegre y distendido y yo estaba lista.

No sé cuantas horas más tarde medio desperté. Mi hija me estaba sobando la frente, su carita sonriente muy cerca de la mía, repitiendo con una voz suave y llena de ternura: “Mami, todo salió bien…todo salió bien…”

Dentro de la nube de los efectos de la anestesia, sentí un gran alivio y felicidad y me volví a dormir.

Al rato, volvía a despertar y se repetía la escena. No sé cuantas veces pudo ocurrir esto, pero tengo entendido que bastantes. “Mami, todo ha salido bien…”

O por lo menos, eso es lo que me acuerdo. Porque resulta que también me decía "No encontraron el tumor".

Veía amigas mías junto a la Pau, así como a la mejor amiga de ella…una me sobaba los pies por encima de la frazada…

Recuerdo que en una de esas despertadas, tanteaba con la mano buscando mi naríz para ver de qué lado estaba la sonda…pero no la sentía. Que raro…me dormía. Luego posaba mi mano sobre mi estómago. Estaba muy adolorida pero no como me lo había imaginado…otra vez a buscar la sonda, otra vez, nada….

Cuando desperté más tarde, me dí cuenta que estaba de regreso en mi habitación. La Pau muy cerca de mí, sobándome, acariciándome, que ¿cómo me sentía? Que todo había salido tan bien. Sentía mucho dolor en la garganta pero tenía que preguntarle por el tumor: “¿Era benigno el tumor?”

“¡Mami! No me ha oído! Se lo he dicho por lo menos 60 veces. ¡No tenía el tumor! No lo encontraron. No había nada.”

Silencio.

Le susurré: “No, Pau, Ud. no me dijo eso. Ud. me dijo que todo había salido bien.”

“No, Mami. Fue lo primero que le dije. Y cada vez que abría los ojos, se lo volvía a decir. El tumor no estaba. No había nada. Las amigas que nos estaban acompañando me oyeron. Todos saben. ¡Imagínese, Mami!”

Quizás era demasiado fuerte la información y yo no estaba lista para entenderla.

No puedo explicar- ni hoy, 6 meses después- lo que sentí o pensé en esos momentos. Aún hoy, al recordar y escribir estas líneas, tengo que parar  porque no veo a través de las lágrimas.

Afuera había caído la noche. Era tarde pero quería hablar con mis 2 médicos. Quería oír de boca de ellos lo que había ocurrido, que me explicaran.

El primero en aparecer fue el Dr. Carlos Honorato Villacorta pasadas las 9 de la noche. Venía con su gabacha blanca y el bolsón de cuero colgado del hombro. Llegó cerca de la cama y permaneció de pie, apoyándose contra la pared que da forma a una especie de mesa empotrada. Se me quedaba viendo, con esos ojos enormes, y me dijo, “Paulita, a nosotros los médicos nos entrenan para dar explicaciones médicas y científicas. Pero en tu caso, estas no sirven. Lo que tu tenías, ya no está.” Y se mecía contra la pared mientras me miraba.

Como yo no podía hablar porque tenía la garganta adolorida y tierna, sólo señalé con el dedo gordo de la mano derecha hacia la pared atrás de mi cabecera donde estaban pegados los pósters de Monseñor Romero y enuncié la palabra “MI-LA-GRO”.

El Dr. Villacorta, sin dejar de mecerse ni mirarme, asentó con la cabeza varias veces. Me pareció que se le llenaron los ojos.

Creo que fue en ese momento que me empecé a dar cuenta de la magnitud de lo sucedido.

Me inundaba la emoción, la felicidad, la incredulidad, y también, el miedo.

Más tarde llegó el Dr. Majayín Comandari. El y mi hija eran la cara de la felicidad. Desde el inicio, habían establecido una camaradería entre sí y ya se sentían amigos. Estaban felices.

El Dr. Comandari, al ver los pósters de Monseñor Romero, dijo, “Mi mamá es devota de él”.

Yo no me aguantaba por que me diera detalles de toda la cirugía: De ¿porqué tenía tan adolorida la garganta? De ¿qué hizo cuando no vio el tumor? Etc. etc.

Con su característica soltura y buen humor, me contó cómo había sido el proceso.

Comenzó la cirugía tal y como me lo había descrito en su oficina, haciendo los cortes laparoscópicos en mi abdomen para desprender el tumor. Pero no lo encontró en el primer intento. Luego hizo otra incisión para poder buscarlo con más facilidad, pero tampoco. Ante su asombro y el del médico anestesiólogo, el Dr. Ahues, así como el del médico acompañante, el Dr. Cousin, dispuso llamar al Dr. Villacorta que estaba atendiendo a sus pacientes en su clínica, situada allí mismo en el Hospital de la Mujer. Le pidió que trajera el equipo endoscópico al quirófano.

El Dr. Carlos Villacorta salió inmediatamente de su consultorio y atravesó el Hospital hasta llegar al quirófano. Procedieron a hacerme una endoscopía para localizar el tumor que se había ubicado en las 2 endoscopías anteriores. Y me hicieron otra incisión laparoscópica. Aún así, nada. No encontraron, no había tumor.

Ante la evidencia, contó el Dr. Comandari,  y entre los 4 médicos allí presentes, decidieron no seguir con la operación, pues no tenía sentido. Así fue cómo el Dr. Comandari terminó suturando las incisiones para concluir la cirugía.

Parece que hubo un silencio general entre los médicos, las enfermeras y el personal del quirófano. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no encontraron el tumor?

Estaban todos desconcertados.

Su relato terminó con las mismas palabras que 2 horas antes había dicho el Dr. Villacorta: “No hay explicación ni científica ni médica para explicar lo que hoy pasó. El tumor que tenías, ya no está”.

Tras escucharlo, entendí la razón de mi garganta adolorida y el estómago aún más; movieron el aparato dentro de mi garganta casi a su antojo en la búsqueda del tumor y dentro de cada incisión estomacal, me “esculcaron” bien con el mismo afán.

Mi respuesta fue la misma que le dí al Dr. Villacorta: señalé con el pulgar a los pósters en la pared detrás de mi cama, enunciando sin hablar, “MI-LA-GRO”.  El Dr. Comandari fue contundente: Si, así es”.  

Esa primera noche en el hospital apenas pude dormir. Cada vez que medio conciliaba el sueño, me despertaba, abrumada por lo que estaba segura era un milagro de Monseñor Romero.  Trataba de voltear la cabeza para lograr verlo en los poster atrás de mi cama. Tenía que verlo, hablar con él cara a cara. Le preguntaba: “Monseñor, ¿qué has hecho? ¿Por qué me has escogido a mí? Qué lindo eres. Qué lindo regalo me has hecho. Pero ¿por qué yo? Hay tanta gente más merecedora que yo. Pensé de inmediato en Miguel Cavada, que estaba luchando contra su cáncer en el cerebro… ¿Y cuánta otra gente que amaba y conocía a Monseñor Romero?? De verdad que no entendía, ni pretendo entender hoy, pero ¡GRACIAS! ¡Gracias, Monseñor, por el favor concedido!”.

Al día siguiente le hablé a Monseñor Urioste a contarle, pero estaba dando unas conferencias a cientos de sacerdotes y no se podía excusar. Sin embargo, mandó a un amigo de la Fundación para que le contara, y así fue.

En el Hospital de la Mujer- y fuera- la noticia se regó como la pólvora y me llegó a ver gente que jamás hubiera pensado, emocionados con la noticia, aunque en principio no fueran creyentes de Monseñor Romero. Entre ellos, el Dr. Gustavo Argueta, ex Ministro de Salud, y uno de los propietarios del Hospital. “¡Paulita! ¿Qué es esto que me cuentan? ¿Qué ha habido un milagro en mi hospital?”

A todos y a cada uno/a, les daba estampitas de Monseñor Romero, y les instaba a que rezaran la Oración para la Devoción Privada que está al dorso.

Salí del Hospital una semana más tarde. Mi hija  estuvo conmigo en el Hospital durante mi estadía pero tuvo que regresarse a los Estados Unidos cuando me dieron el alta.

Yo me fui a convalecer a la casa de mi mejor amiga durante 2 semanas, llena del asombro de la gracia que había recibido, y consciente de que mi testimonio, que había empezado desde el primer momento, era una responsabilidad que asumiría el resto de mi vida.

En el mes de agosto de 2010, invité al Dr. Comandari y a Monseñor Urioste a mí casa para que se conocieran.  Para mi era importante que Monseñor oyera de primera mano lo que había ocurrido durante la cirugía.

Fue una reunión muy simpática y amena. Como no podía ser de otra manera, Monseñor le hizo preguntas no solo importantes, sino brillantes al Dr. Comandari, y este las contestó todas, dejando muy satisfecho a Monseñor Urioste.

Para concluir, quiero dejar constancia que, desde el primer día, tomé la decisión de iniciar el proceso de testimoniar el milagro de la mano de Monseñor Urioste. Quería estar segura de cada paso que iba a dar. Si Dios me escogió a mí para recibir este regalo divino de Monseñor Romero, no me podía exponer a tomar un paso en falso. Sabía- y sé- que guiada por Monseñor Urioste, estaba en las mejores manos posibles y doy gracias a Dios por tener al Vicario de Monseñor Romero como guía y como amigo. 

Empezado el  7 de septiembre de 2010 a las 12:55 AM
Concluido el 14 de mayo de 2011 a las 12:10 AM
Paulita Pike Tennant
Mayo de 2011.

 

 

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"Mi voz desaparecerá, pero mi palabra que es Cristo quedará en los corazones que lo hayan querido acoger"


(Homilía 17-12-78)

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